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Nos enseñaron a aplaudir cuando algo nos gustara. Nos enseñaron a tenerle miedo a la oscuridad, a creer que el sol era mejor que la lluvia.

Nos enseñaron a decir “lo siento” ante una tragedia. Nos enseñaron a caminar cuando apenas podíamos sentarnos, nos dijeron que teníamos que correr cuando estuviésemos apurados.

Nos enseñaron que había que crecer ante los golpes, nos dijeron que debíamos levantarnos si llegábamos a caer.

Nos enseñaron a vestirnos bien, a peinarnos bien. Nos enseñaron a hacer silencio cuando hablara otra persona. Nos enseñaron que el día que lloviera, debíamos taparnos para no mojarnos.

Nos enseñaron que para gritar había que tener motivos, y no nos dieron razones cuando preguntamos por qué cortaron el grito de algún mortal.

Nos dijeron que los hombres no lloraban, que no debían mostrar sus debilidades, que tenían que ser fuertes.

Nos enseñaron a saludar correctamente, aún a aquellas personas que no nos gustara su forma de ser. Nos enseñaron a llorar a escondidas, porque “la risa es mejor que el llanto”.

Nos insinuaron que las mujeres debían casarse antes de los 30, sino pertenecerían al ‘sector solteronas’.

Y cuando no aplaudimos, cuando preferimos la noche, cuando no decimos lo siento, cuando caemos y no logramos levantarnos (o no queremos), cuando no nos vestimos ni nos peinamos bien, cuando no hacemos silencio, cuando olvidamos los buenos modales, cuando la lluvia nos moja, cuando gritamos sin razón, cuando no saludamos; cuando en lugar de reír, lloramos; cuando tenemos 30 años y seguimos caminando por la vereda de la soledad, y cuando… cuando pasa todo esto, los maestros de la vida, se olvidan que necesitamos decir lo que pensamos y hacer lo que sentimos.

Se olvidan de que tienen que aceptarnos como somos…así como olvidaron enseñarnos aceptar a los demás.

Tomado de:  Lic. Marcela Bargiela Hassay. Parapsicóloga, vidente, psicólogo.