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Encendiendo esta luz del alma en el Misterio de Pascua descubrimos su derecho a la primacía en la vida de la humanidad, derivándose desde la posibilidad de que las fuerzas que tratan con la muerte, las cuales habían asumido el poder en nuestra vida racial, pudiesen ser gradualmente reducidas y al final vencidas por completo. Esta posibilidad emergió como resultado de la
liberación de la energía de Cristo en el aura planetaria, que en lo sucesivo llegó a ser accesible a cada criatura viviente. Esta liberación de la Luz de Cristo no se limitaba a una sola efusión, como hemos explicado. Tuvo su principio en cierto momento histórico, y ese momento fue cuando el Cristo rompió las ligaduras de la muerte y se mantuvo vencedor sobre la tumba. Pero desde esa época Su fuerza vital ha continuado derramándose en nuestra esfera planetaria y seguirá haciéndolo hasta que el trabajo evolutivo de la tierra termine.

Para un mejor entendimiento del Misterio de la Resurrección es necesario conocer algo de la naturaleza de Jesucristo, del método de evolución humana, del significado perdido de la muerte y de los procesos en la naturaleza por los cuales las fuerzas de la muerte son transformadas en poderes de vida.

La verdadera importancia de la Resurrección no puede entenderse si no se acepta la naturaleza humano-divina de Jesucristo, la evolución de las formas según la enseñanza de la ciencia académica y la evolución paralela del alma mediante el proceso reencarnante enseñado por la ciencia espiritual.

Además de, una comprensión de los medios por los cuales las fuerzas de la muerte entraron a la vida humana y de las medidas establecidas para vencer a estas mismas fuerzas con los poderes de vida. Sólo dentro de tal labor de referencia el misterio del trabajo redentivo de Cristo puede ser inteligiblemente entendido y espiritualmente concebido.

La muerte que el Cristo venció es la muerte que se menciona en el Génesis cuando el Señor Dios Jehová advirtió a Adán y Eva, o la humanidad en pañales, que no comiesen del fruto del Árbol del Conocimiento, pues el día que así lo hicieran ciertamente morirían. Ellos comieron del fruto y murieron, no en forma física sino espiritual. Esta muerte no fue repentina. Era la muerte para una futura consecución que fue su destino propuesto a realizarse en algún tiempo más. Es la muerte de la que habla la Voz en el Apocalipsis, dirigiéndose a la Iglesia de Sardis: “Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”.

El Cristo también empleó el término muerte en este mismo sentido cuando declaró ante los Fariseos que “si un hombre guarda mi palabra jamás verá la muerte”. Pero no obstante Sus seguidores perdieron la verdad espiritual que Él así trató de transmitirles, como lo indica el que cuestionaron Su buen sentido, y se preguntará si acaso no estaba poseído por un demonio. ¿No murió su padre Abraham y también los profetas, preguntaron, y él presumía ser más grande que estos hombres santos?

Pablo hace la siguiente afirmación “así como en Adán todo muere, así también en Cristo todo resucitará”. De modo que la caída de Adán y la Resurrección de Cristo son eventos ligados. El total de la humanidad está envuelta en ambos. Ninguno de los eventos es de carácter aislado. Adán o la humanidad en pañales, se apartó del camino perfecto del Señor, o la ley divina, y tomó su propio camino de obstinación sin estar lista ni ser capaz de hacerlo con seguridad y sabiduría. Al hacer tal desviación admitió en su ser las primeras semillas de la desintegración degenerándose y abriéndose a las influencias adversas de dos clases de espíritus intrusos.

Los primeros de éstos son los Espíritus Luciféricos, cuya naturaleza y actividades se hacen conocidas para nosotros en nuestra Biblia Cristiana, y los otros son seres Ahrimánicos (genio) sobre quienes podemos aprender mucho en las Escrituras Zoroastrinas y también en el Fausto de Goethe de su carácter Mefistofeliano.

Su influencia sobre la vida humana, como lo describiera el difunto esoterista Cristiano, Rudolf Steiner, en varios de sus escritos, fue tal que los seres Luciferianos degradaron las pasiones y sentimientos del hombre mientras que los espíritus Ahrimánicos tergiversaron su perspectiva del mundo. Los Luciferes intentan separar al hombre prematuramente de lo que la experiencia terrestre tiene para ofrecerles. Las fuerzas Ahrimánicas dirigen sus energías hacia la obstrucción de la mente del hombre a la existencia del mundo espiritual para atarlo más firmemente a su naturaleza mortal y existencia física.

Éstas son contenedoras desde el Período de Saturno. Estas dos clases de entes; dice el Dr. Steiner, impidieron que el hombre acrecentara la antigua reserva de sabiduría que una vez recibió, y así gradualmente se fue consumiendo. El efecto que se provocó fue una tendencia a la disolución y decadencia terminando en muerte. Así fue que el germen de la muerte entró en el cuerpo físico, y si su progresivo desarrollo no hubiera sido traído ni contrariado por el germen de vida que el Cristo implantó, el hombre habría quedado completamente bajo el poder de la muerte al finalizar el presente Período Terrestre, con lo cual, la revolución habría terminado en ese punto, en lugar de ir hacia adelante a través de los tres Períodos aeónicos restantes que culminan con el retorno del espíritu individualizado a la casa de su Padre como Hombre-Dios.

estas afirmaciones no tienen fundamento, y a menos que puedan ser verificadas por datos científicos exactos derivados de un examen sobre la materia desde muchos y variados puntos de vista, no puede esperarse ganar crédito con el hombre que no acepta nada en base a la fe sino que demanda evidencia razonable para justificar sus creencias.

Tales datos no son necesarios. Una hilera ilimitada de evidencia está disponible. El hombre moderno tiene para ofrecer, y hasta que no lo haga no encontrará la paz mental que tanto necesita para mantener su equilibrio, ni que decir de su mucha cordura y felicidad. No está dentro del alcance de esta discusión entrar a ese vasto conjunto de evidencia disponible sobre el Ministro de Pascua cuando está interpretado a la luz de la Sabiduría del Iniciado.

Pero permite que la luz que arroja toque brevemente un aspecto particular de este tema multilateral sobre el problema de la vida y la muerte, y también como un indicio del carácter en verdad revelatorio de similares estudios relativos a otros aspectos del Ministerio de PASCUA.

En la primitiva humanidad los cuerpos físicos y etéricos del hombre no eran concéntricos como lo son hoy; y ciertos centros etéricos no estaban alineados ni unidos con los físicos. Esta conexión suelta entre los dos vehículos habilitaba al hombre para mantener un contacto más estrecho con los mundos internos y para dirigirlos más plena y libremente que ahora hacia el camino ascendente. Pero el cuerpo etérico, en forma gradual, fue atrayendo al físico hasta que para el tiempo de Cristo los dos cuerpos fueron como uno. El cuerpo etérico, que había entrado a su evolución terrestre con dos Períodos aeónicos de desarrollo tras sí, llegó altamente cargado de energías espirituales las que impartió a sus cuerpos físicos asociados.
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Pero ambos, los espíritus Luciferinos y los Ahrimánicos de los que hemos hablado tenían el poder de separar del muerto etérico un flujo más distante de luz espiritual y vida desde los mundos internos, y esto en procedimiento despojó al cuerpo físico de la vitalidad que hasta entonces había recibido del etérico, con el resultado que en lo sucesivo las fuerzas vitales en el hombre no fueron en aumento sino en descenso. El hombre salió en muerte luego de una vida en la tierra más pobre que cuando llegó a ella. Si este proceso no hubiera sido contrariado, el principio vitalizante del hombre, el cuerpo etérico, finalmente se habría marchitado y con él el cuerpo físico.

Ambos vehículos habrían muerto al término de nuestro Período Terrestre en vez de desarrollarse para perfeccionar y transferir sus poderes subliminados a los próximos vehículos superiores para ulterior evolución en futuros Períodos de tiempo, como hemos dicho.

De tal destino el hombre fue salvado por el Cristo. El vino a revivir, restaurar y resucitar a una humanidad que había caído bajo las fuerzas de la desintegración, la decadencia y la muerte. Pudo hacer esto porque Él está en su propia Existencia “la resurrección y la vida”, Él es el Espíritu del Sol, el Iniciado más elevado del Período Solar, el primero en dar frutos de la ola de vida arcangelical. Él es el Logo Solar y la Luz del Mundo. Desde este cuerpo de luz irradiaba, y continúa irradiando, al mundo etérico un Rayo redentor que es
absorbido por el vehículo etérico del hombre, así reanimándolo con las fuerzas
de vida. Este impulso dador de vida es transmitido por turnos al cuerpo físico con igual efecto, y de tal manera la humanidad que murió en Adán es devuelta a la vida de Cristo.

La mortalidad se transforma en inmortalidad y la corruptibilidad en incorruptibilidad. La redención del hombre desde la caída está asegurada y también su habilidad para llevar hacia adelante está evolución terrestre en los sucesivos ciclos de desarrollo. Excepto por este impulso dador-vida de Cristo, la clase de muerte que alcanza el cuerpo al final de una vida en la tierra habría sido la muerte experimentada por la humanidad como un todo al término del Período Terrestre.

Este acto de salvación por el cual la raza humana fue levantada de la muerte a la vida no yace dentro del poder de ningún ser humano. Puesto que fue una tarea de alcance cósmico requería de poderes cósmicos tales como los que poseía Cristo. El Maestro Jesús jugó Su glorioso y necesario papel en esa su condición espiritual que lo capacitó para llegar a ser el instrumento en y a través del cual el Espíritu de Cristo pudiera establecer un punto focal desde donde penetrar e identificarse con la evolución humana, y más tarde servir como Regente Planetario. Pero Jesús por sí mismo no podría haber sido nuestro Salvador, ni tampoco Cristo solo haberse convertido en nuestra vida y
resurrección. Pues esta unión físico-espiritual entre lo humano y lo divino, tal como la establecida en el único ser compuesto de Jesús el Cristo, era necesaria.

Y por medio de aquella exaltada instrumentalidad el Padre, cuya voluntad es que nadie debería perecer y todos tener vida eterna, contemplaba este divino intento para que la humanidad pudiera acabar prósperamente. De Jesucristo Él podía decir, “Este es mi amado Hijo de quien estoy muy complacido”.

En lo anterior hemos hablado sobre el más simple fragmento de la clase de conocimiento que debe hallar su camino hacia la mente moderna para restaurar la doctrina de la Resurrección a un lugar en donde pueda revitalizarse la fe de nuestros tiempos. La necesidad nunca ha sido mayor que ahora, cuando las fuerzas de la muerte han originado un terrible ataque a la humanidad en un desesperado esfuerzo final por arrebatarle el control a los ascendentes poderes de vida.

En esta crisis planetaria los pueblos buscan por doquier, expectantes, la aparición de algún poder transformador y redentor, ya sea principio o persona. La esperanza universal está en la resurrección de un mundo arruinado, en la instrucción de una mente en ignorancia, y en la espiritualidad de una civilización sepultada en el materialismo. Para el Cristiano esta esperanza está enfocada en el Cristo y la promesa de su presencia en la línea del deber divino para completar Su misión Terrestre. Es en esa esperanza de gloria que celebramos la Pascua, el luminoso festival de la vida resucitada.

Mucho queda por revelar del Misterio de Cristo para cuando la humanidad alcance la madurez espiritual; pues como Max Heindel, el iluminado vidente místico ha dicho: “El verdadero Cristianismo esotérico todavía no ha sido enseñado públicamente, ni lo será hasta que la humanidad haya pasado el peldaño materialista y se prepare para recibirlo”. (El Concepto de Rosacruz del
Cosmos).

Del libro: Puerta a las Estrellas
Por: Corinne Heline