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Los rasgos naturales y el clima de la tierra habitada por un pueblo tienen una gran influencia sobre su actividad formadora de mitos. Los japoneses siempre fueron susceptibles a las impresiones de la naturaleza, sensibles a los diversos aspectos de la vida humana y dispuestos a aceptar las sugestiones extranjeras.
La susceptibilidad de la mente del pueblo ante su ambiente se demuestra en el temprano advenimiento de una poesía en la que se canta la belleza de la naturaleza y el patetismo de la vida humana, el amor y la guerra. Esta poesía temprana es sencilla en su forma y muy ingenua en sentimiento, pero es emotiva y delicada. El pueblo se sentía en armonía con los aspectos cambiantes de la naturaleza, exhibidos en los fenómenos de las estaciones, en las variedades de la flora, en los conciertos de los pájaros e insectos cantores.

Sus sentimientos hacia la naturaleza siempre se expresaron en términos de emociones humanas; se personificaron las cosas de la naturaleza y los hombres fueron representados como seres vivos en el corazón de dicha naturaleza. Los hombres y la naturaleza estaban tan cerca entre sí que los fenómenos personificados nunca quedaron disociados de sus originales naturales.

La propensión de la gente a contar historias y a utilizar mitológicamente sus propias ideas sobre los fenómenos naturales y sociales añadió más material mítico al de los archivos de datos oficiales. Parte de ello, sin duda, fue introducido por los inmigrantes de otras tierras y son, por lo tanto, extrañas a las tradiciones primitivas de la raza.

Religiosidad

Shinto: La primitiva religión de ese pueblo se llamaba Shinto (o bien, Sinto, Shintoísmo o Sintoísmo) que significa “Camino de los Dioses” o “Espíritus”.

Esta creencia se remonta a una visión animística del mundo, asociada con el culto tribal de las deidades del clan. Se emplea aquí la palabra animismo para indicar la doctrina de que las cosas de la naturaleza están animadas, igual que nosotros, por un alma o por una clase especial de vitalidad.

Viendo el mundo bajo esta luz, los japoneses lo veneran todo, tanto un objeto natural como un ser humano, siempre que lo venerado parezca manifestar un poder o una belleza inusuales.

Cada uno de esos objetos o seres se llama “kami”, una deidad o espíritu. La naturaleza está habitada por una cohorte infinita de esas deidades o espíritus y la vida humana se halla estrechamente asociada con sus pensamientos y acciones. Al genio de un monte que inspire temor se le llama deidad del monte y puede ser considerado al mismo tiempo con el progenitor de la tribu que vive al pie de la montaña o, sino como el antepasado, si puede al menos ser invocado como el dios tutelar de la tribu.

Por consiguiente, la religión shinto es una combinación de adoración a la naturaleza y culto ancestral y en la mayoría de casos el mito-naturaleza es inseparable de la historia relativa a la deidad ancestral y la de su adoración, porque la curiosidad por saber los orígenes de las cosas actúa con enorme fuerza tanto hacia el mundo físico como hacia la vida individual y social de cada uno.

Por este motivo las tradiciones shinto combinan la poesía sencilla de la naturaleza con las especulaciones filosóficas acerca del origen de las cosas. Estos dos aspectos del shinto se hallan tremendamente mezclados en los cultos comunales existentes y han dado lugar a muchos mitos y leyendas locales. En tales historias la fantasía desempeña un papel preponderante, pero nunca hay exclusión de la creencia religiosa. Esto se debe a la tenacidad de las leyendas del shinto entre la gente.

Budismo y taoísmo: Si el budismo estimula la imaginación que se refiere a los lazos que relacionan nuestra vida con otras existencias, el taoísmo representó y representa el genio poético y la tendencia romántica del valle chino de Yutzu en contraste con los rasgos prácticos y sobrios del chino del norte, representados por el confucianismo. Este enfatiza de modo especial la necesidad de volver a la naturaleza, entendiendo por esto una vida liberada de todas las taras humanas, de todos los convencionalismos sociales y de todas las relaciones morales.

Su ideal consiste en alcanzar, a través de un entrenamiento persistente, una vida en comunión con el corazón de la naturaleza, “alimentándose con las ambrosiacas gotas del roció, inhalando neblinas y éter cósmico”.

El taoísta que alcanza esta condición ideal se llama Sennin u “Hombre de la montaña” y se supone que ronda libremente por los aires, llevando una vida inmortal. El ideal de la existencia inmortal estuvo (y está) a menudo combinado con el ideal budista de una emancipación perfecta de las pasiones humanas y esta religión de misticismo naturalista fue el origen natural de muchos relatos imaginarios de hombres y superhombres que vivieron en el “corazón de la naturaleza” y llevaron a cabo sus hazañas milagrosas en virtud de su merito religioso.

Aparte de los milagros atribuidos a esos “hombres de las montañas, algunas de las personificaciones populares de objetos naturales deben su origen a una combinación de creencias taoístas con el naturalismo budista, representada por la escuela Zen.

El ambiente físico de los japoneses y las influencias religiosas que se han mencionado fueron favorables a un crecimiento opulento del cuento y la leyenda en que los fenómenos de la naturaleza eran personificados y desempeñados libremente por la imaginación. Sin embargo, hubo una fuerza contraria: el confucianismo.

Zen: El zen no es tanto una filosofía, sino más bien una experiencia que hay que vivir plenamente en la vida diaria. Los maestros zen enseñan que lo que llamamos pensar consiste a menudo en una serie de asociaciones de ideas y que la meditación encubre a veces una huida de las responsabilidades de la vida. Enseñan a dominar el mundo mental por medio de las “koan”, paradojas aparentemente insolubles que, de pronto, se aclaran debido a una iluminación que limpia por completo el espíritu. Sin que ello signifique repudiar la inmovilidad concentrada de la postura (zazen), los auténticos sabios se entregan a sus ocupaciones, cualesquiera que sean, con notable eficacia, puesto que aplican a ellas la atención selectiva que han desarrollado.

Confucianismo: Las enseñanzas de Confucio fueron racionalistas y su ética tendía a coartar la imaginación humana y a limitar la actividad del ser humano a la esfera de la vida cívica. Aunque la influencia de las ideas de Confucio quedó limitada en el Japón antiguo a las instituciones sociales y cívicas, esas ideas no desalentaron el desarrollo de las creaciones imaginativas y folclóricas.

Había mitos y leyendas en la China antigua, pero Confucio los despreció y ridiculizó. Los literatos confucianistas del Japón, a su vez, consideraron con desdén esos cuentos románticos. Especialmente durante los trescientos años existentes entre los siglos XVII y XIX, el completo dominio de la ética confucianista como la moral normal de las clases rectoras, significó un enorme obstáculo para el desenvolvimiento natural del poder imaginativo de la raza.

Sin embargo, las antiguas tradiciones se conservaron en el pueblo y en Japón existe por eso una gran cantidad de mitos y leyendas casi sin rival en las demás naciones.

Fuente: emagister.com