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@alejorta

El Desnudismo por Emile Armand.

(Texto publicado en 1956, vale aclarar que Emile Armand alentaba el amor libre y el desnudismo ya desde los años 20 y 30)

Nosotros hemos considerado siempre el desnudismo como una reivindicación de orden revolucionario. Debemos añadir que es únicamente como medio individual de emancipación que nos interesa. Lo que no quiere decir que no comprendamos se practique la desnudez con un fin terapéutico o para aproximarse a un estado de cosas «naturista». Desde el punto de vista individualista, la práctica del desnudismo es algo más que un ejercicio higiénico que realza la cultura física.

Consideramos la práctica de la desnudez como: Una afirmación. Una protesta. Una liberación.

Una afirmación. Reivindicar la facultad de vivir desnudo, de desnudarse, de deambular desnudo, de asociarse entre nudistas sin tener otra preocupación al descubrir el cuerpo que la resistencia a la temperatura, es afirmar el derecho a la entera disposición de la individualidad corporal. Es proclamar la indiferencia a las conveniencias, las morales, los mandamientos religiosos y las leyes sociales que niegan al hombre o la mujer, con pretextos diversos, disponer de las diferentes partes del cuerpo. Contra las instituciones societarias y religiosas que aseveran que el uso o desgaste del cuerpo humano está subordinado a la voluntad del legislador o del sacerdote, la revindicación desnudista es una de las manifestaciones más profundas de la libertad individual.

Una protesta. Reivindicar y practicar la libertad de la desnudez es protestar, en efecto, contra todo dogma, ley o costumbre que establezca una jerarquía de partes corporales; que considere, por ejemplo, que la exhibición de la cara, las manos, los brazos, la garganta, es más decente, más moral, más respetable que poner al desnudo parte de las nalgas, los senos o el vientre. Es protestar contra la clasificación de las partes del cuerpo en nobles e innobles: la nariz, por ejemplo, considerada noble, y el miembro viril sumamente innoble. Es pro-testar, en sentido más elevado, contra toda intervención (legal o como sea) que exige que «no obliguemos a nadie» a desnudarse «si no le gusta», y que nosotros estemos «obligados a vestirnos», ¡si así conviene a otros!

Una liberación. Liberación de la vestimenta, de la sujeción de llevar una ropa que jamás ha sido ni puede ser otra cosa que un disfraz hipócrita, puesto que la importancia se traslada a lo que cubre al individuo -por consiguiente, a «lo accesorio»- y no a su cuerpo, cuya cultura, sin embargo, constituye lo esencial. Liberación de una de las principales nociones sobre las que se basan las ideas de «permiso», «prohibición», «bien» y «mal». Liberación de la coquetería, de la pasiva aceptación de ese dorado marco artificial que mantiene la diferencia de clases. Rescatarse, en fin, de ese prejuicio de pudor que no deja de ser más que «la vergüenza del cuerpo». Librarse de la obsesión de «obscenidad» que actualmente cultiva el tartufismo social.

Alejandro Orta