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@solitalo

Platón, el gran filósofo y pensador griego (429-348 a. C.), ha apuntado el tema de la leyenda atlántica en dos pasajes distintos de su obra: en el diálogo Timeo y en el Critias. En estos diálogos se dice lo siguiente acerca del origen y el contenido del relato sobre la Atlántida:

Solón (640-559 a. C.), uno de los siete sabios y legisladores de Atenas, realizó un viaje a Egipto al objeto de «recoger conocimientos de los tiempos pasados». Puesto que los sacerdotes de Sais gozaban por aquel entonces de gran predicamento y en especial se decía que tenían noticias fidedignas de los hechos pretéritos, Solón se encaminó hacia allí, donde se le dispensó una gran acogida con muchas muestras de amistad y respeto.

Los sacerdotes de Sais se mostraron muy bien dispuestos a revelar a Solón la historia de los tiempos pasados, tanto más cuanto que poseían un magnífico archivo de inscripciones, papiros y otros documentos recogidos a copia de años.

Pero hubo una cosa que cautivó particularmente a Solón: un relato acerca de una gesta heroica llevada a cabo por los atenienses, sus compatriotas. De esta gesta se dice textualmente: «Con todo y que su conocimiento no se ha divulgado, no por ello deja de ser un hecho verídico» (Timeo, 21).

Fundándose en un antiguo documento egipcio, un anciano sacerdote de Sais explicó a Solón que hubo un tiempo en que una gran potencia marítima de los atlantes invadió Europa y Asia (bajo cuya designación los antiguos comprendían exclusivamente lo que ahora designamos como Asia Menor). Los atlantes habían sabido reunir todos los pueblos sobre los que ejercían la hegemonía para formar una poderosa masa guerrera. Entre estos dominios estaban comprendidos «algunas islas y territorios de tierra firme en el Gran Mar del Norte» y «de los territorios del Mar Interior, Libia hasta Egipto y Europa hasta Tirrenia».

Con toda esta «gran potencia coaligada y unida» los reyes de la Atlántida quisieron someter a su poderío todos los territorios griegos y egipcios, así como el resto de todos los otros países libres que quedaban en el área del Mediterráneo.

Ante este acometimiento de los atlantes, la ciudad de Atenas supo dar una extraordinaria muestra de valor y tenacidad. Atenas se colocó a la cabeza de la coalición de todos los Estados griegos amenazados y luego, cuando uno tras otro fueron sucumbiendo, Atenas supo proseguir sola la lucha y alcanzar para sí la libertad. Gracias a esta lucha heroica de Atenas, Egipto, que había llegado a una situación muy apurada bajo la tenaz presión de los atlantes, halló su salvación y pudo rechazar finalmente y por completo la agresión extranjera.

El origen de las convulsiones y trastornos de todo este tiempo fueron unas terribles catástrofes de la naturaleza que se abatieron en aquella época sobre la Tierra. El sacerdote egipcio recordó a Solón una antigua leyenda griega, la de Faetón, quien habiendo enjaezado el carro del Sol, pero no sabiéndolo conducir como su padre, se había apartado de la ruta habitual, de tal modo que muchos países de la Tierra se agostaron o bien quedaron yermos y secos en una terrible desolación. Afortunadamente, al fin Zeus lanzó contra Faetón uno de sus celestes rayos y apagó el gigantesco incendio gracias a lluvias torrenciales y enormes inundaciones.

El informador de Solón, el sacerdote de Sais, añadió que, si bien esta leyenda parecía tener todos los visos de una fábula, tenía un gran fondo de verdad, pues algo por el estilo era lo que pasó realmente en un tiempo pasado.

Antes de que todas estas catástrofes se abatieran sobre la Tierra, en ésta la temperatura había sido cálida y fructífera. Los montes de Grecia estaban cubiertos de un mantillo feraz y de vastos bosques, y por doquiera brotaban los manantiales y ríos que regaban la tierra. Pero después de todas estas catástrofes, el mantillo, que debido al agostamiento por el terrible calor se había triturado y luego había sido arrastrado por las lluvias torrenciales, había desaparecido por completo, siendo sustituido por el subsuelo sobre el que se apoyaba, constituido exclusivamente por rocas y piedras.

En aquellos tiempos se habían producido también terribles terremotos y grandes inundaciones que habían originado el asolamiento de la patria de los atlantes. La Atlántida, la isla real del imperio de los atlantes, había desaparecido en el transcurso de un día y una noche preñados de trágica desesperación y horror, tragada por las aguas del mar como resultado de dichos temblores e inundaciones. En el lugar donde se alzaba la isla real, ahora existía un infranqueable mar de cieno.

En otros pasajes del relato atlántico se dan más amplias noticias sobre el exacto emplazamiento de la isla real, sobre sus dimensiones, sobre el poderío alcanzado por el imperio de los atlantes, así como muchos otros detalles. También se dice que en la isla real, Basileia (que quiere decir «la Real»), se levantaba un castillo de los reyes del imperio atlántico y también se erguía un templo a Poseidón, el dios más poderoso de los atlantes. En aquella isla los atlantes obtenían el cobre en forma fusible y maleable y extraían de muchos lugares del suelo de su isla un producto autóctono y misterioso, el «oricalco».

Qué clase de materia era ésta del oricalco no se lo pudo explicar a Solón el sacerdote egipcio, y únicamente le pudo decir que «hoy día sabemos solamente el nombre de este material, pero antiguamente había sido mucho más que este mero enunciar de un nombre, pues entre la gente que lo habían conocido se le daba una importancia y un valor casi tan grande como al oro».

Además del cobre, los atlantes trabajaban también el estaño en grandes cantidades. También el hierro les era familiar, pero les estaba proscrito su uso en las ceremonias y en el culto.
Muchas otras particularidades se explican de la Atlántida y del reino de los atlantes. Y todos estos detalles proceden, según nos dice Platón, de las fuentes que consultó el sacerdote egipcio: viejos papiros e inscripciones que consultaba constantemente para asegurar la fidelidad y exactitud del relato.

Solón hizo traducir al griego este relato, que precedentemente ya lo había sido de la lengua de los atlantes al egipcio. Tenía el proyecto de utilizar este tema como argumento de una obra poética de gran envergadura. Pero las calamidades que a su regreso encontró en Atenas le impidieron llevar adelante este plan. Esta obra incompleta de Solón se transmitió de boca en boca entre varios compatriotas suyos, de tal modo que este relato de la epopeya de los atlantes contra Atenas y la existencia de la Atlántida llegó finalmente a Critias el Joven, el cual explicó todo lo que su memoria había retenido en un círculo de amigos y en presencia de Sócrates y de Platón. Platón escribió este relato de la vieja Atenas y de la Atlántida, preservándolo así del olvido en beneficio de la posteridad.

Según afirma reiteradas veces Platón, este relato de la Atlántida es una científica y fiel transmisión de los datos contenidos en antiguos papiros e inscripciones egipcios reunidos por los sacerdotes de Sais y por ellos estudiados y que Solón recogió y retransmitió a su vez. La leyenda de la Atlántida, tal como señala Platón, «no es de ningún modo una elucubración literaria, sino una fidedigna historia bajo todos los aspectos» (Timeo, 26).

Tomado de: Jürgen Spanuth:La Atlántida