Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

@solitalo

En el interior de cada ser humano se alberga un destino divino que comenzó con Dios en la forma de una chispa de su Espíritu Interior. La llama divina resultante, conocida como la mónada, es la que contiene el destino de cada alma que encarna en la tierra. Ese destino consiste en evolucionar a lo largo de una sucesión de encarnaciones hasta que, una vez perfeccionados, retornemos de nuevo a nuestro origen, el Espíritu Interior de Dios.

Para completar este viaje intemporal, el espíritu crea para cada individuo una serie de siete cuerpos dispuestos en orden ascendente: los cuerpos físico, etérico, astral, mental, el alma, el adonai y la mónada.

El siete es un número sagrado por el hecho de que a menudo resulta ser el número de puntos o entidades divisorias que constituyen un determinado concepto sagrado. La luz del sol al atravesar un prisma se divide en siete colores; hay siete dimensiones en los mundos interiores, y siete rayos en la rueda de la encarnación.

Estos siete niveles de nuestro ser son la proyección del Espíritu del Dios Interior, que impregna y anima cada uno de los niveles (también llamados cuerpos o vehículos). Todos son igualmente necesarios para los fines del espíritu, pero sólo el espíritu es inmortal, sólo él gobierna, sólo él es perfecto siempre con Dios. Uno de los principales propósitos de la experiencia de la iluminación es despertar al individuo a las necesidades y diferentes expresiones de la mente, las emociones, las energías y las manifestaciones físicas del espíritu.

Tomado del libro: “Los siete cuerpos desvelados”. Flower Newhouse y Stephen Isaac