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@solitalo

En los tiempos que corren mucho se habla de las conductas ajenas, de los errores, ajenos, de las responsabilidades ajenas, de lo que otros dejaron de hacer o hicieron mal, de los que fueron irresponsables, cretinos, traidores, y un largo etcétera, pero donde nunca se acota el “en mi opinión”… Este artículo me pareció una fabulosa reflexión que puede dar mucha tela que cortar, es un tema de psicología originalmente, pero la verdad que lo vi desde la óptica de la reflexión y la conciencia, se los dejo para que cada uno saque sus propias conclusiones.

El egoísmo es una forma de actitud adoptada por la persona que se fundamenta en la relación exclusiva hacia sí mismo, con preocupación por las propias necesidades y deseos y sin interés por los demás.

Podríamos decir que en el individuo egoísta predomina el razonamiento subjetivo sobre el objetivo. Es decir, su perspectiva psicológica y por consecuencia su forma de vivir se orienta siempre de acuerdo con su valoración personal menospreciando la del colectivo. Realmente hace un culto a su propio «ego» (de ahí su nombre) al que idealiza, y juzga todos los acontecimientos desde el punto de vista de un acercamiento feliz o un desgraciado alejamiento de ese ideal.

El egoísmo es una forma de ser y vivir consecuente a un crecimiento y una maduración de la personalidad inapropiados. Es frecuente que su siembra tenga lugar en una infancia educada con escaso acierto. Tanto una educación excesivamente dura y crítica, como una ausencia de cuidados y atención necesarios pueden forjar una personalidad egoísta. Si un niño ve censuradas constantemente sus naturales muestras de vivacidad y no se siente apoyado en sus sentimientos llega a la lógica conclusión de que no se puede confiar en los adultos, de que todo cuanto desee ha de conseguirlo por sí mismo y sin esperar nada de nadie. Progresivamente va integrando en su conciencia la idea de que las personas que lo rodean son sólo medios para conseguir sus fines. Prefiere utilizar a los demás antes de que ellos tengan oportunidad de utilizarlo y concibe que en la vida sólo hay dos opciones: o eres «lobo» o eres «cordero» y si no devoras, eres devorado.

Al egoísta, en ocasiones, se le ve como un luchador, pero nunca a favor, sino en contra de algo, en contra de todo lo que se oponga en su camino.

Su felicidad radica en el propio orgullo, pudiendo llegar a la hostilidad y el fanatismo. Los sentimientos son equivalentes a la debilidad y por tanto al posible fracaso. Por ello no es raro que se proteja con una armadura de frialdad y sea proclive a la crueldad cuando posee alguna forma de poder o autoridad.

Acostumbra a adoptar una postura pretenciosa tratando de destacar sobre los demás y ocupar el primer plano. Y cuando algo sale mal achaca la culpa a otros, reforzando de peso su propio ego al advertir la torpeza del prójimo.

Ocasionalmente puede parecer generoso al deparar favores y ayudas a sus allegados, cuando realmente su intención no va en función de las necesidades ajenas, sino en la de alimentar su persona a través de la magnanimidad.

Evidentemente, todo ese aire de poder no es más que una mascarada que encubre su propia debilidad y un sentimiento de inferioridad. Continuamente debe reforzar un ego que en su interior se tambalea. Por ello cuando no tiene el poder suficiente, es fácil que caiga en la explotación del polo opuesto, representando el ser desvalido que precisa constantemente atención y dedicación de sus protectores, pudiendo llegar a ejercer una auténtica «tiranía sentimental» en su seno familiar. Es el egoísta pasivo que tiende a acomodarse, pero cuya finalidad, como la del egoísta luchador es la explotación del prójimo en su propio beneficio. Porque, en resumen, la filosofía de vida del egoísta radica en pensar que el prójimo está dentro de uno mismo.

Fuente: proyectopv.org