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@solitalo

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Gran fraternidad espiritual que existió en la Grecia actual, cerca de Atenas, 2.200 años antes del nacimiento de Abel.

Preservó los conocimientos del Maestro Antulio para que no se perdiera esa sabiduría y continuó su labor durante milenios hasta la nueva llegada del Mesías, cuando otra Gran Fraternidad se formó : Los Kobdas del Eúfrates y el Nilo. Vivían solitariamente en lo alto de una escarpada montaña de difícil acceso; pero algunos de ellos salían voluntariamente para hacer labores humanitarias de ayuda como médicos o terapeutas y otros servicios. Eran muy respetados, muy sabios.

Dieron origen a la alta Civilización Griega que prosiguió durante los siglos posteriores para iluminar al mundo de otra forma y sacarlo de la barbarie, después de la caída de la Atlántida en el Tercer Hundimiento.

La historia es como la narramos a continuación: Cuando Hilkar de Talpakén, después del asesinato del Maestro, huyó en un barco mercante, llevaba consigo algo muy valioso: un cofre con los manuscritos de Antulio los cuales trataban de Astronomía, Ciencia Divina, Medicina, Ciencias Naturales, Matemáticas, Geología y cuanta sabiduría era posible dar al mundo. Él lo llamaba “El cofre de mis tesoros”. Hilkar ignoraba lo que había de hacer y estaba muy desorientado. Entonces, invocó a su Dios Interno y oró para que le señalara el camino.

Fue cuando encontró a cinco niños desamparados y supo que había de proteger a la infancia abandonada, conducirla en la Luz. Ese fue siempre uno de los nobles ideales de los Daktylos, seguidores del Maestro Antulio.

El nombre de la Gran Fraternidad deriva del mismo Hilkar. Para ocultar su origen real, pues era un príncipe, pensó cambiar su nombre y escoger otro más a tono con su actual vida. Eligio llamarse “Daktylos” que significa “El Ignorado”. Los cinco niños que recogió tenían entre diez y trece años. Huyendo de crueles y malos tratos, también de los piratas que los querían vender como esclavos, los niños se habían refugiado en una caverna; allí, vivían como podían. Hilkar los ayudó y los cuidó como un padre. Con ellos, escaló riscos y precipicios hasta encontrar el lugar de acuerdo para establecerse: El Monte de la Abejas donde los Daktylos vivieron por mucho tiempo. Ese nombre se debe a los muchos de esos insectos que allí había.

Los Daktylos supieron aprovechar tal beneficio porque vivían de la miel, de la cera y de otros trabajos artesanales que realizaban: Tejidos, teñidos de púrpura por ellos mismos, cerámica. Además cultivaban sus propios campos y se abastecían de todo con su trabajo en común. No era nada parecido a un monasterio o convento y solo allí había hombres que alcanzaban larga edad por la forma de vida que llevaban y las condiciones climáticas ambientales muy favorables. Poseían altos conocimientos en ciencias Espirituales, Astronomía, Alquimia, Medicina, Psicología, Historia, Geografía, Biología, Física, Magnetismo, etc. Se interesaban mucho por las Bellas Artes y la Música. Eran magníficos pintores, escultores, tallistas en mármol y madera. Poseían un valioso archivo donde preservaban tan valiosos conocimientos. Como médicos, curaban gratuitamente; además regalaban las medicinas extraídas de plantas y vegetales. Eran artesanos maravillosos, músicos, admirables personas por su humanitaria conducta. Los respetaban mucho en la comarca y sus alrededores, por sus buenas obras de ayuda a la gente y desinteresado amor.

El santuario de los Daktylos se encontraba en lo alto de una montaña de difícil acceso, por los muchos precipicios y escarpadas pendientes que había. Los Daktylos estaban allí bien protegidos de cualquier persecución, pues solo era posible llegar a esas alturas utilizando una especie de jaula – carroza que, mientras subía, se balanceaba en los abismos; también, por un túnel secreto abierto en la montaña y solo conocido por ellos; por lo tanto, podían vivir aislados. Los ancianos de ese santuario eran muy respetados y alcanzaban muy avanzada edad, unos 120 años por la pureza de sus costumbres, la sabiduría que habían adquirido y el contacto con la naturaleza. Si alguno moría antes, era por caídas sorpresivas en los barrancos, por agotamiento físico o por no regresar de sus viajes exploratorios de desdoblamiento. Guardaban profundos y amplios conocimientos de generación en generación.

Los Daktylos vestían túnicas dorada y manto color azul. Un cordón violera ceñía la cintura. En la frente, llevaban una cinta azul con dos borlas que caían hacia los lados. Conservaban el emblema del Maestro Antulio, una antorcha elevada por dos manos unidas con la siguiente inscripción: “La oración brota de la Luz” se mantenían activos y saludables.

El santuario fue construido entre rocas y peñas en lo más alto de la montaña, entre acantilados verdosos. Había allí una gran explanada, grutas acondicionadas para diversos usos: Hogar, trabajo, dormitorios, comedor. Una sala abovedada servía como Templo de Ciencias. Contenía mapas, croquis, planos, globos y maquetas de sistemas solares. Principalmente, estaba reproducida la Constelación de Sirio, porque sabían que Hilkar de Talpakén procedía de allí al igual que el Maestro Antulio, pues ambos tenían el mismo origen y se conocían desde hacía mucho tiempo. En las paredes de las grutas, se habían excavado armarios y alacenas para almacenar frutas secas, manteca, aceite, miel, almendras, harina de trigo y de centeno, quesos diversos, higos, aceitunas, jugos de uva, etc. Otra de las cavernas servía como sala – Laboratorio con objeto de producir prodigiosas medicinas de alto poder sanador.

Los Daktylos momificaban a los ancianos y hermanos que desencarnaban. Esos cuerpos eran disecados, conservados con fines de estudio e investigación, ya que ellos reencarnaban varias veces en ese lugar y podían advertir el adelanto logrado entre una y otra encarnación, por la purificación de la materia en las distintas vidas. Por ejemplo: Hilkar de Talpakén tenía todas sus momias allí, desde que formó la escuela, menos cuatro cuerpos que no pudo recuperar por haber sufrido muerte violenta. Los fundadores de la Fraternidad de los Daktylos, que ayudaron después a Hilkar, habían tenido muchas reencarnaciones en el Monte de las Abejas, porque debían preservar los conocimientos del Maestro Antulio hasta la llegada de Abel y eso lo sabían.

En todo ese tiempo de 2.200 años, había crecido mucho la sabiduría de los Daktylos. Ellos recibieron personalmente a Abel, que hizo un viaje especial hasta el Monte de las Abejas y los fue a visitar. Todavía, estaba reencarnado allí Hilkar como un viejito muy sabio, simpático y saludable.

Fuente: yosoylarevoluciondelcristo.blogspot.com

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