@solitalo

Sentir miedo es comprensible y hasta saludable, especialmente en la dosis exacta para cada situación. Pero si vives con miedo a sentir miedo, entonces la cosa se complica. Y bastante. Vale recordar que el mayor miedo de las personas es a sufrir. Es al dolor. Tanto al dolor físico como al emocional. Y yo arriesgaría a decir que el dolor emocional es todavía más temido, porque para ese no hay ungüento o analgésico.

Sucede, ya lo sabes, que sufrir forma parte. Es imposible vivir sin nunca sufrir. Así como es imposible jugar sin nunca rallar la rodilla. Más que eso, es imposible relacionarse, crecer y aprender sin nunca sufrir y sin que nunca duela.

Pero, observa bien, no estoy haciendo una oda al sufrimiento sin fin, en forma alguna. Quien sufre sin buscar la enseñanza, sufre en vano. Sufre por tiempo indeterminado. El dolor ha de tener fecha de caducidad. Si no, se vuelve masoquismo. Y entonces ya es una elección, no una contingencia de la vida.

Pues bien, la pregunta entonces es: y cuando yo sufra y me duela, ¿qué hago? Porque cuando te permites ese cuestionamiento, abres espacio para las experiencias y para experimentar también todo lo bueno que puede pasar en tu historia. Y, sobre todo, aprendes a lidiar con lo que la vida nos ofrece, tanto lo placentero como lo doloroso.

Observa que eso es muy diferente de quien se pasa los días con cara de asustado y sin permitirse vivir. Le gusta, pero no lo demuestra. Quiere, pero finge que no va con él. Nunca pide disculpas y tampoco perdona. Se equivoca, pero no aprende. Acierta, pero no lo celebra. ¡Vive hecho una ostra en coma, según dice una amiga muy querida!

Desperdicia oportunidades y más oportunidades, escondiéndose y a la defensiva. Y ni siquiera se da cuenta de que su vida no es más que eso: sufrimiento por falta de coraje. Dolor profundo causado por una vida vacía. Tristeza por culpa de un volcán que nunca entró en erupción. De los errores nunca cometidos. De las delicias nunca experimentadas.

¿Quieres saber qué has de hacer cuando te duela? Deja que duela de veras. No lo niegues ni te desesperes. Sólo acepta tu porción y asimila el mensaje de la vida. Y cuando menos lo esperes, el dolor habrá cesado. El sufrimiento se habrá convertido en peldaño para tu ascenso. Todo es cuestión de vivir un día cada vez. Y de bien dormir cada noche entre ellos.

¿Cómo? Contando con los amigos. Llorando cuando sientas la necesidad. Pidiendo ayuda. Buscando fuentes de aprendizaje. Atacando un tarro de helado, dos envases de barritas de chocolate, y palomitas hasta no poder más. A fin de cuentas ¿quién nunca? Así es como nos damos cuenta de cuán fuertes somos y de cuánto podemos más, incluso después de haber jurado que jamás podríamos nuevamente.

El amor no traumatiza. El amor enseña. ¿Si es fácil? En modo alguno. El dolor de amor es uno de los más, sino el más difícil que existe de digerir, de procesar. Parece que te desgarra por dentro. Parece que es infinito y más fuerte que cualquier dolor de cualquier otra persona. ¡Claro! El dolor de amor es personal. Nadie lo siente en tu lugar.

Pero, por el amor de Dios, no vivas por el si. Vive por el cuando. ¡Deja ya el miedo a tener miedo! Sal de la ostra. Muestra la perla. Y cree: la rodilla sana. Las cicatrices son historias. El dolor del desengaño pasa. Los amores son regalos que pueden ser pasajeros o duraderos, pero siempre, siempre de veras, aportan alguna enseñanza esencial e indispensable.

Porque sólo si te arriesgas, y aprendes, es cuando sucede lo mejor. ¡Puedes apostar a que sí!

Autora:Rosana Braga
Traducción: Teresa
somostodosuno.com

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