@solitalo

Es una emoción basada en el afán de poseer y nos ayuda a conocer nuestras capacidades; sin embargo, también puede usarse como motivación para mejorar.

La envidia es una emoción experimentada por aquel que desea intensamente algo poseído por otro. La base de la envidia es el afán de poseer y no el deseo de privar de algo al otro, aunque si el objeto en cuestión es el único disponible la privación del otro es una consecuencia necesaria.

Es tan antigua como lo es la humanidad y forma parte de nuestra propia historia; ha sido la protagonista de grandes historias y mitos, y es uno de los siete pecados capitales. Ésta se define como tristeza o pesar del bien ajeno, en la cual suelen mezclarse emociones que pueden llegar a ser contradictorias, como el deseo de tener lo que otro tiene y, al mismo tiempo, la admiración por lo que otro ha conseguido.

El origen

Ahora, la envidia se produce como consecuencia de dos tendencias que llevan al individuo a desear lo que no tiene y a compararse con los demás.

Esta emoción se desarrolla durante el primer año de vida y es una respuesta natural a la dependencia e indefensión totales del bebé respecto de la madre, ya que ésta acude a satisfacer todas sus necesidades. El niño siente el pecho materno, hacia el cual están dirigidos sus deseos, instintivamente, no sólo como una fuente de nutrición sino como la fuente de la vida misma.

Pero, inevitablemente, en la primera relación del bebé con la madre se presenta un elemento de frustración, ya que aún en el caso de que se sienta satisfactoriamente alimentado y cuidado, esto de ninguna manera reemplaza la unidad prenatal con la madre; es decir, el proceso del embarazo en el cual el bebé tiene cubiertas todas sus necesidades; por lo tanto, la frustración e indefensión que el bebé experimenta son las raíces de la envidia. El bebé envidia a su madre por el poder que ella tiene de alimentarlo o privarlo del alimento, de satisfacerlo o frustrarlo.

Primero mamá, luego el mundo
Ese primer vínculo con la madre contiene los elementos fundamentales de la futura relación del bebé con el mundo. Si el vínculo es amoroso y satisfactorio, el bebé desarrollará un sentido básico de seguridad y confianza hacia la gente, pero si el vínculo no es ni amoroso ni satisfactorio, se desarrollarán síntomas de inseguridad y de envidia. Es por ello que cada vez que un adulto siente envidia las “heridas” de la primera infancia se reabren con todo su poder destructivo.
Hay que tener en cuenta que por más que hayamos tenido una madre que tratara de satisfacer nuestras necesidades, esto pudo no ser así en todo momento, lo cual puede resultar una moneda de dos caras, ya que, por un lado, genera frustración y enojo en el momento en que se siente insatisfecho pero, al mismo tiempo, según el manejo que se le dé a esta situación, nos permite obtener tolerancia a la frustración la cual es sumamente necesaria en la vida cotidiana.

¿Envidioso yo?

Por lo tanto, todos sentimos envidia, pero al ser un sentimiento que se llega a considerar negativo, la mayoría tratamos de negarla o maquillarla porque justamente lo que envidiamos señala nuestras debilidades, fracasos y puntos ciegos. Si reconociéramos que alguna persona nos cae mal porque tiene cosas y/o cualidades que nosotros no tenemos, estaríamos dejando al descubierto nuestros vacíos.

Al tratar de maquillar este sentimiento, la mayoría dice “te tengo envidia, pero de la buena”; pero, en realidad, no existe envidia de la buena y de la mala. Muchos otros la confunden con los celos, por ejemplo, si buscamos ser ascendidos en el trabajo y dicho ascenso lo consigue un amigo, la mayoría tiende a decir “me da gusto que tú lo hayas conseguido, pero me siento celoso”; aunque él sea nuestro amigo y sintamos cariño por esa persona lo que en realidad estamos sintiendo es envidia porque nosotros no lo conseguimos.

Tendemos a valorar en los demás aquello que a nosotros nos falta, pero casi nunca nos ponemos a pensar en todo lo que sí tenemos y lo que sí hemos logrado. No se trata de ser conformistas y abandonar cualquier deseo o ambición que nos hayamos planteado sino de realizar una valoración sobre quiénes somos y lo que aspiramos a ser.

Esto no se debe hacer en base a comparaciones con los demás, ya que siempre existe alguien que se puede encontrar mejor o peor posicionado que nosotros en cierta área, lo debemos hacer, partiendo de nosotros mismos, de nuestras percepciones, sentimientos y perspectivas de futuro.

Compararnos con quienes admiramos o envidiamos puede ser un estímulo positivo siempre y cuando a través del éxito ajeno saquemos conclusiones adaptables a nuestra forma de ser, nuestras capacidades y nuestras circunstancias personales.

Debemos aceptar la envidia como un sentimiento más, y al igual que cualquier otro que no sepamos “manejar”, puede llegar a perjudicar nuestro equilibrio emocional y bienestar, es por ello que el conocernos mejor a nosotros mismos, potenciar y trabajar nuestras cualidades y capacidades y el ser consciente de nuestras limitaciones es el mejor inicio para mejorar.

Artículo escrito por la psicoanalista Miriam López Mejía, miembro de la Sociedad Psicoanalítica de México

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