@solitalo

Los primeros hombres, según cuentan tradiciones seculares, vivían en perfecta armonía con la naturaleza y los dioses. No eran regidos por otros hombres, sino directa y exclusivamente por el Espíritu. Así todo lo que les rodeaba poseía un carácter sagrado. Cada lugar una significación mítica que se reflejaba en todas sus actividades y se asociaba con un día del año y un plan de los cuerpos celestes…

Hoy, el Espíritu se ha ausentado de la Tierra. Ya no nos habla, o si lo hace, apenas le escuchamos. No recordamos nuestros sueños, no les prestamos atención ni cultivamos su lenguaje, el de la imaginación. Una cultura obsesionada, desde Parménides, en la distinción neta entre lo que es y lo que no es, vive en constante desarraigo de la dimensión más rica de la existencia.

Antes la vida estaba llena de espíritus, hechizos y posesiones. Hoy lo está de neurosis, enfermedades psicosomáticas y adicciones de todo tipo. Antes uno se sentía poseído por un dios o por un demonio. Hoy lo está por un síntoma de cualquier tipo, o por el vacío y la angustia existencial.

Hemos creado un mundo obsesivamente material, científico y técnico. Su pobreza espiritual es tal, que no podemos sino recordar con nostalgia y admiración la digna protesta de Smohalla, uno de los últimos profetas indios americanos, en contra de la intención de que su pueblo se volviera cultivador:

“Mis jóvenes hombres nunca trabajarán. Los hombres que trabajan no pueden soñar y la sabiduría viene a nosotros en los sueños. Me piden que haré la tierra. ¿Tendré que coger un cuchillo y rasgar los pechos de mi madre? Así, cuando muera, no podré entrar en su cuerpo para descansar. Me piden que cave para coger piedras. ¿Deberé cavar bajo su piel para coger sus huesos? Así, cuando muera, no podré entrar en su cuerpo para renacer. Me piden que corte hierbas y haga forraje y lo venda y sea rico como los hombres blancos. Pero, ¿cómo me atreveré a cortar el cabello de mi madre?”

Fuente: SIMBOLISMO DE LAS CASAS
Autor: JOSEP M. MORENO
planosinfin.com

Anuncios